Pregón de las fiestas de Ntra. Sra. de las Nieves (Malpica de Tajo)

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Pregón de D. Francisco Corral Sánchez-Cabezudo en la fiesta de la Nieves de Malpica de Tajo (1995)

Pregonero de la fiesta de las Nieves 1995

Malpiqueños y malpiqueñas, forasteros y visitantes. ¡Felices fiestas! y muy buenas noches.

Al proponerme la corporación municipal, a través de su concejal de festejos, pronunciar el pregón de las fiestas (lo que desde luego acepté con mucho gusto y sin dudarlo un solo instante) me puse a considerar un poco lo que significa esto de dar el pregón, en tanto reliquia o recuerdo de una tradición que está desapareciendo, si es que no ha desaparecido ya definitivamente.

No hace muchos años los pregones los daba el pregonero de verdad, haciendo sonar su reluciente cornetilla. El pregonero era uno de esos personajes que en nuestra mente infantil adquirían cierto halo de héroe, como el bombero o el domador de leones. Y en el corto pero rico horizonte del pueblo, jugábamos a ser pregoneros con la misma intensa fantasía con que los niños de ahora juegan a los Power Ranger.

Los pregoneros de nuestra infancia (al menos los que yo llego a recordar) fueron el tío Querere, el tío Agapo, el tío Eusebio y el tío Califa. ¡Y qué imponente resultaba su figura cuando en la callada vida del pueblo irrumpía el cornetazo de su presencia y desde las plazuelas anunciaba con voz potente que "¡¡¡se vendían melones en ca fulano, buenos y baraaaatos!!!", o que a partir de tal día se pagaban las contribuciones, o que había que vacunar los perros.

Las vecinas asomaban entonces a todas las puertas de las casas, enredándose siempre en las cortinas, llegando siempre tarde al pregón y preguntándose unas a otras "¿qué pregonan?". Si alguien más rápido en la salida no daba razón, la pregunta se dirigía al propio pregonero "tío fulano ¿qué pregona ustéeee?". Y el pregonero, imbuido de la dignidad de su cargo, respondía imperturbable que ya lo había dicho y que hubiese estado más atenta, o que, si tenía mucho interés en enterarse, le siguiera hasta la próxima plazuela, que él no iba a dar un pregón para cada persona del pueblo.

Los que sí le seguíamos en jolgorio por todo su recorrido, éramos los niños de entonces, fascinados por algo mágico que, como siempre, sólo los niños son capaces de percibir. Componíamos así, tras el pregonero, una fluyente imagen de algarabía infantil, comparable a la del fabuloso flautista de Hamelín.

Claro que en aquella alegre comitiva casi siempre se colaba algún elemento espontáneo como podía ser el cerdo de San Antonio (para entendernos, "el guarro antón"), que andaba con sus recortadas orejas hozando por ahí y arrimándose a la gente en busca de alimento, o quizá alguna que otra borra desorientada que no había encontrado su querencia tras ser devuelta por el tío Gato a las cercanías del corral concejo.

La humilde corneta del pregonero marcaba en buena medida el ritmo de la vida del pueblo. Anunciaba la venta de los productos de la huerta, el tiempo de la vendimia y de la varea, la apertura de la veda, la llegada de los títeres o del cine a la plaza. Y anunciaba también el comienzo de las fiestas.

Esas fiestas que, desde luego, no eran como las de hoy. Las personas de más edad tendrán sin duda vivencias mucho más lejanas, pero los que hemos pasado la barreras de los cuarenta tenemos al menos la experiencia vital clara de los últimos 30 años, años en los que se han producido los cambios más drásticos y trascendentes en la vida cotidiana de nuestro pueblo.

En Malpica, entonces, todo el mundo conocía a todos los demás y a toda la familia de todos los demás. El mundo exterior más allá de los pueblos vecinos era, en cambio, mucho menos conocido. Cruzar el puente era ya ir "al otro lao" y los viajes más allá de Talavera se hacían solamente por causas excepcionales. Aun no habían llegado los años del seiscientos, y los que por influjo y estímulo de Don Fulgencio (a quien siempre recordaremos) fuimos luego a estudiar a Toledo, viajábamos en un Galiano que nos dejaba en el cruce tras horas de traquetear por caminos polvorientos en los que los pocos tramos empedrados eran los restos de calzadas romanas construidas dos mil años atrás.

Hoy, en cambio, sabemos casi al instante lo que pasa en ciudades tan lejanas y ajenas como Sarajevo o Gorazde, o incluso en pueblecitos situados al otro lado del mundo como San Cristóbal de las Casas. Pero, sin embargo, sabemos seguramente mucho menos acerca de las personas que viven en nuestra propia calle. Ahora todos vemos diariamente en nuestra casa a los famosos de la tele, y en cambio pasamos meses y a veces años sin ver a miembros de nuestra propia familia.

Había entonces expresiones propias y exclusivas del pueblo, como el "¡co!" que cada vez vamos escuchando menos, o la característica fórmula de saludo "¡ahhhá!", que el saludado respondía con un simple y preciso cambio de tono "¡aaaahhh!". Ahora, en su lugar, se van imponiendo año tras año los “fistros” que el gracioso de turno quiera poner de moda desde la tele y que en todos y cada uno de los pueblos de España repetimos como loros.

A las cosas y a los lugares del pueblo se les nombraba con palabras próximas. Por ejemplo los bares: El olivar, el cazador, la taberna del tío Rivera, la taberna de la tía Serrana. Hoy, en cambio, esos nombres nos hablan casi todos de lugares y tiempos lejanos: el Siglo XXI, el Más allá, el Delirium, la Fanky, la NASA.

Nuestro pueblo miraba entonces hacia dentro; ahora mira hacia afuera.

Hasta hace pocos años se mantenían técnicas de siempre y oficios ancestrales como los esparteros o los caleros. Y de vez en cuando llegaban de lejos los pedernaleros o peernaleros, especializados en poner a punto la suspensión de aquellos aerodinámicos trillos de Cantalejo, utilizando para ello una técnica de tallar la piedra que no había variado apenas desde el Paleolítico.

Las fiestas tenían entonces el incomparable sabor de lo excepcional. El resto del año nuestras diversiones eran los juegos infantiles (ya también perdidos casi todos) como el mocho, la vigarda, los cartuchos, los santos o el gua. Cada día comenzábamos la escuela alineados para "cantar banderas" en aquel ritual lleno de palabras que no entendíamos como ese incomprensible "impasible el ademán" que, en buena lógica infantil, nosotros pronunciábamos como "imposible el alemán". En el recreo, la leche en polvo y el queso color naranja de los americanos, que luego supimos eran regalos para los pobres, migajas de un plan Marshall que nunca nos alcanzó.

Y es que éramos efectivamente pobres, lo decían las estadísticas y la vida cotidiana. Para buscar fortuna o para prosperar de manera rápida solo existían dos opciones, una real: emigrar a Suiza o a Alemania; y otra fantástica: hacerse torero. Y muchos recordarán aquellas veces que por el pueblo corría como un reguero de pólvora la noticia de que algún mozo o grupo de mozos habían liado sus hatos al hombro y se habían ido de maletillas.

De abastecer de mano de obra a las ciudades del norte, hemos pasado en muy pocos años a recibir en nuestro propio pueblo emigrantes del norte y del sur y del otro lado del atlántico. Resulta que ahora dicen las estadísticas que ya somos un país rico; ya vemos las cosas de otra manera y nos resistimos avaramente a dedicar el 0,7% del Producto Bruto a ese tercer mundo al que hasta hace muy pocos años pertenecíamos.

Otra sencilla diversión cotidiana era la de acercarnos hasta la puerta de la barbería de Teógenes o de Marcelo, estirando un poco la hora de volver a la casa. Allí se reunían los hombres sentados, cuando no tumbados en las aceras, y nosotros escuchábamos fascinados sus conversaciones y sus discusiones que siempre acababan en apuestas sobre sus hazañas en la caza o en la pesca, o sobre sus records en el segar o en el arar, o sobre sus predicciones de cuando iba a llover y cuando no. En ocasiones se organizaban también ruidosos concursos en los que el tío Águila solía ser imbatible.

Los domingos, algunas diversiones excepcionales por un par de pesetas, como el tiro al blanco del tío Sergio y los helados del tio Chiclana y del tío Estebitan, o el kiosco de la plaza, donde la Conchi o el tío José nos vendían un cucurucho de pipas, caramelillos de leche de burra o cigarritos de anís y de chocolate. Más tarde el cine, ya fuera el de los Mora, o bien el de la plaza al que acudíamos con nuestra sillita para ver películas de Gaston Santos, tan cortadas que muchas veces llegaban a tener más cortes que película. La proximidad de las fiestas era todo un acontecimiento para los niños, cuando veíamos que iban llegando a la plaza los puestos y las barcas y el güitoma.

Y estaba también el rio; puente arriba se bañaban en bata las mujeres, y puente abajo los hombres. A los pequeños nos pertenecía la islilla, pero sin acercarnos a la cepa o al remanso que allí ya cubría, y mucho menos al muro, lugar en el que convergían las más firmes advertencias de nuestros padres y nuestros más fuertes deseos de transgresión. Cruzar al muro tenía algo de rito de iniciación, y venía a ser para todos los niños del pueblo algo así como el certificado público de hombría.

A determinada hora, la islilla se llenaba de madres vociferantes con su toalla desplegada por delante como un capote, intentando sin ningún éxito que sus hijos salieran del agua y jurando a gritos que mañana no volverían a venir. El día siguiente, a la misma hora, volvíamos a ver a las mismas madres en la misma pose torera, volviendo a perjurar a los mismos niños que mañana ya sí que no venían.

Claro que el río entonces era río, y lo que corría por su cauce era agua; y venían autobuses con excursiones domingueras a bañarse en nuestra playita. Los caminos del río, además, no estaban cortados, ni cercados, ni vallados, ni alambrados, como tampoco los del arroyo. Las mujeres iban a lavar la ropa a manantiales y veneros que hace ya muchos años se quedaron sin agua.

Treinta años en la vida de la naturaleza es como apenas un minuto en la vida de las personas. Y la feroz desertización que en tan poco tiempo hemos visto en nuestro pueblo debería preocuparnos a todos muy seriamente si no queremos que nuestros nietos o incluso nuestros hijos no conozcan ya los conejos de Barrinches, porque lo que habrá en Barrinches dentro de poco, no serán conejos sedientos, sino camellos sedientos.

Pero me parece que me estoy alargando ya más de la cuenta, y no querría yo que este pregón se me convierta en sermón. De manera que concluyo aquí con esta relación, que podría ser interminable, de evocaciones que no son sólo personales, sino que espero compartirán las personas de mi generación que, como os decía, hemos protagonizado el salto del pizarrín al ordenador, del boquerón al bacalao y de la borrica a la mountain bike; en suma, tres décadas en las que la vida de nuestro pueblo ha cambiado probablemente más de lo que antes pudo cambiar en varios siglos.

Las fiestas de hoy son, desde luego, incomparablemente mejores que las de antes, aunque hayan perdido ese carácter excepcional que antes tenían. Eso que resumía la canción de Carnaval: "Hoy comamos y bebamos y cantemos y folguemos, que mañana ayunaremos". Mañana ya no ayunamos, ni siquiera de fiestas. Vivimos en una sociedad de consumo, del espectáculo y del ocio. La televisión nos ofrece cada día en nuestra propia casa aquello que anunciaba el viejo dicho de "ver el mundo por un agujero": los mejores acontecimientos deportivos del mundo, los más grandes artistas, los más brillantes espectáculos. Cosas que, hace tan solo treinta años, una persona corriente difícilmente alcanzaría a contemplar una sola vez en su vida.

Y sin embargo, la fiesta sigue manteniendo su sentido más ancestral, ese que se relaciona con los ciclos de la naturaleza y concretamente con el final de las recolecciones de invierno y de verano; asimilado luego a las advocaciones cristianas. Y mantiene también su sentido reunitivo, ahora mucho más que antes. Las fiestas son, ahora más que antes, motivo y ocasión para encontrarnos con amigos que rara vez vemos el resto del año: los antiguos compañeros de la escuela, los familiares que viven lejos. Cruzar la plaza estos días se convierte en una grata odisea que puede llevar horas de abrazos y saludos.

Disfrutemos, pues, de las fiestas en medio de las muchas preocupaciones cotidianas, que para eso son las fiestas, para dejar de lado los problemas y las inquietudes y dedicar unos días, jóvenes y niños y mayores, a la diversión y a la amistad, a la música, al baile, a la comida y a la bebida. Sin excederse con el alcohol, claro está, que luego hay que conducir y no queremos que en estos días alguno vaya a estrenar el cruce nuevo, y mucho menos el puente nuevo. Disfrutar de las fiestas significa dar al cuerpo y al espíritu todo lo que le beneficia y le sienta bien, y no darle lo que le perjudica.

Los forasteros y visitantes que compartan con nosotros estos días de diversión, y que sepan respetar las costumbres y las personas de quienes les ofrecen su amable hospitalidad. .

¡Y muy felices fiestas y mucha salud para todos!

Francisco Corral Sánchez-Cabezudo